Internarse a deambular entre la sobrecogedora belleza del bosque de Cariló, emulando a los escritores románticos alemanes que buscaban inspirarse con el Wandern o largas caminatas en contacto con la naturaleza, puede resultar una experiencia conmovedora para el espíritu.
Entre las copiosas impresiones que produce al caminante la imponente presencia de esos añejos árboles, afloran espontáneamente interrogantes acerca de quiénes concibieron en el pasado la quimérica epopeya de que estos gigantes verdes brotasen de esas yermas dunas, quiénes los han venido cultivando pacientemente y amparándolos de las destructivas sudestadas durante más de un siglo, quiénes poseen en la actualidad la entrañable misión de preservarlos aun en detrimento de sus propios intereses económicos y razones arquitectónicas, y a quiénes se encomendará el resguardo de su contingente futuro.
En suma, ¿a quién pertenece este bosque? ¿A los Guerrero y los antiguos pioneros, a los actuales habitantes, comerciantes y turistas, a sus descendientes o quizás a todos ellos? Cuestiones que, sublimadas a un plano trascendente, equivalen a preguntarse a quién incumben su pasado, su presente y su futuro, o dicho en otras palabras, que interpelan al paseante acerca de a quién concierne el devenir del tiempo que, parafraseando a Shakespeare, es el enemigo mortal del hombre, o si quisiésemos juzgarlo con menor lírica y mayor épica, es su principal desafío.

Desde la estoica pulsión a no olvidar nada que padecía Tito Livio hasta el fugaz carpe diem del que disfrutaban los epicúreos, desde el memorioso afán que imaginó Borges hasta el himno juvenil al “Presente” creado por Vox Dei, el hombre ha perseguido respuestas a estas cuestiones entre las incertidumbres del arte y la filosofía y las certezas de la teología.
Generaciones tras generaciones han aspirado a adueñarse del tiempo, antes plantando un árbol, criando a un hijo y escribiendo un libro, como se pontificaba con un axioma existencial hoy perimido, y que en el lenguaje actual se traduciría para los que tienen algún poder en “hago lo que se me antoja” y para los otros, “me heredará mi mascota”, exaltando el modelo del titán Cronos, que devoraba a cada uno de sus vástagos, para así postergar lo más posible el diluvio que Luis XV anunciaba como su sucesor.
Sin embargo, lo deseemos o no, como el tiempo por ahora carece de un final, cualquiera sea la filosofía o teología que escojamos, el bosque de Cariló permanecerá allí, de pie, para recordarnos que podemos aspirar a ser lo que queramos: apenas un instante observando esos suaves vaivenes que agitan coreográficamente sus copas en el viento del mar, una invocación al compromiso con su incierto destino, o acaso la intuición de que su enigma radica en ser responsables de unir su pasado a su futuro.
En su esencia, la abigarrada majestuosidad de ese bosque representa una alegoría acerca de la potencial trascendencia del pasado, de que nuestra actualidad consiste en un dilema acerca del sendero que escogeremos en ese laberinto de árboles admirables, y de que nuestro devenir, no solo como individuos, sino, sobre todo, como sociedad y como mundo, será anónimo o merecerá un nombre que lo trascienda.
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